El ministro de Economía, Marcelo Montenegro, admitió que hay alza en algunos productos de la canasta familiar y que diciembre será un mes con mayor inflación. El ministro de Hidrocarburos, Franklin Molina, admitió que hubo diferencias con algunos proveedores de diésel y explicó así la falta del carburante y las largas filas en los surtidores. En ambas afirmaciones está el verbo admitir, que cobra relevancia porque las autoridades nacionales habían negado ambos hechos de manera sistemática. Por eso es noticia que ahora reconozcan lo obvio. Hasta hace poco, las autoridades dejaban establecido que la inflación es casi nula en Bolivia, pero ese discurso contrastaba con los precios en el mercado. Por otro lado, el presidente de YPFB acusó a los medios de especuladores, mientras negaba cualquier problema con la importación de carburantes.
Aunque parece inequívoco decirlo, no es bueno maquillar u ocultar la verdad, especialmente si quien lo hace forma parte de una estructura que debe dar certidumbres a la población. Solo hay que recordar al pastor que anunció muchas veces la llegada del lobo; al final, cuando verdaderamente se hizo presente nadie fue a ayudarlo, porque ya no le creían. Eso se llama fe del Estado. La ciudadanía confía en que hay un norte claro y afortunado en el manejo de la economía. Es bueno honrar esa confianza; especialmente cuando las evidencias de lo que ocurre en los hogares se la siente en el bolsillo.
Se acercan los festejos de fin de año y es tiempo sensible para las familias, que buscan comprar regalos sin invertir mucho dinero. Lo que se espera es que las autoridades del país generen empatía y confianza.