La fiebre del oro en la Amazonia ya lleva décadas de apogeo y los daños que causa al medioambiente y a las comunidades indígenas no podían ser peores. Es una fiebre que atrae a miles y miles de mineros improvisados que comienzan a poblar selvas y ríos de Perú, Brasil y Bolivia. Se trata de una actividad que literalmente remueve cielo y tierra en el irrefrenable afán de encontrar las preciadas pepitas. Las dragas –que ahora son parte del paisaje de lo que antes eran prístinos ríos selváticos– remueven toneladas de sedimentos que enturbian las aguas y diezman la vida acuática. Y el mercurio que se vierte en el proceso es ingerido por peces, que luego se convierten en alimento de comunidades enteras. Hasta cantidades pequeñas de mercurio pueden causar efectos tóxicos muy graves en el organismo humano. Si se toma en cuenta a los tres países mencionados, son varias decenas de millones de personas que corren el riesgo de padecer los efectos de esta contaminación. El efecto colateral de la minería no es menor: los campamentos y pistas clandestinas dejan cicatrices en la selva, y las cuadrillas de mineros cazan lo que se les cruza para alimentarse. Ni el aire se salva, porque la conversión de bosques en minas genera gases de efecto invernadero. En síntesis, la biodiversidad y los ecosistemas de la Amazonia están en riesgo. Las tareas de mitigación de semejante impacto medioambiental y social se deberían encarar de manera conjunta entre los países afectados y la cooperación internacional. Quemar barcazas y destruir dragas en el río Madre de Dios apenas hace mella en un problema de alcance continental.