Es de esas personas conocidas como medicina. Berta Suárez de Antelo (87) se jubiló en 1990, luego de enseñar música por 16 años en el colegio Obispo Santistevan, y ser directora del que fuera el Kinder número 5, que hoy lleva su nombre en el turno de la tarde.
Fue construido gracias a ella, que hizo las gestiones ante el entonces presidente Hugo Banzer, y llegó a mandarle una carta pidiéndole la obra, y yendo a La Paz a insistir, hasta que su anhelo se cumplió, casi un año después.
“Cuando quiere es como una pulga en la oreja”, ríen sus hijas presentes en la entrevista.
Berta Suárez, rodeada del cariño de sus ex alumnos, hoy hombres de éxito
Estudió en Bellas Artes y se formó como maestra kindergarterina. Por sus clases pasaron muchas generaciones, hoy profesionales relevantes en Santa Cruz.
Lo llamativo de esta maestra es que su huella ha sido tan profunda, que hasta hoy la visitan, le cantan y celebran su vida.
Carlos Hugo Molina es uno de sus ex estudiantes, en septiembre le llevó serenata por su cumpleaños.
“Mientras todos los profesores impartían conocimientos, a ella le tocó descubrir lo que teníamos dentro. Era un honor ser convocado y sentirse elegido por el don maravilloso de la música. Cuando recuerdo esto y me encuentro con ella, vuelvo a ser niño en la vetusta escuela fiscal, tocando armónica en el patio de ladrillos colorados. Y ese perfume que tenían después de la lluvia”, se emociona Molina.
Carlos Valverde también fue estudiante de la maestra Bertita. “Debe ser la profesora que más he querido, porque es a la que más recuerdo”, dice, además otras dos maestras.
En esa época, Valverde era de los más inquietos y ‘acobardadores’ de los educadores, pero no de la profesora Berta. Valverde pensó que la paciencia era por ser parte del coro, o por ser primo del sobrino carnal de la maestra, pero descubrió que no eran esas las razones.
“Su cariño era hacia mí. Ella toleraba mi inquietud y me trataba bien. Eso hizo que tenga un cariño especial por ella hasta ahora.
Yo no era un ángel, es cierto, de ahí que tenga tanto cariño por la ‘señorita’ Berta”, confiesa.
Hasta hoy, no hay un 6 de junio que Valverde se quede sin nombrar y celebrar a su profe querida, y de promocionar los libros pedagógicos que ella es coautora con otra maestra, luego de jubilarse.
“Mi vida siempre estuvo rodeada de niños, y a todos los he amado, por eso ellos me quieren”, dice la profesora.
Rochy Antelo, una de sus cuatro hijos, dice que ella es bondadosa, solidaria, y que cuando le piden un favor, sale corriendo para hacerlo, “disfruta servir”.
La maestra es remedio para la familia, uno de los ejemplos es la menor de sus nietas, Laura Antelo, que cuando necesita desestresarse, reclama que la lleven a casa de su abuela, a la hora que sea.
Como futura pediatra, Laura ya adelantó que en su consultorio pondrá todos los libros de su abuela para sus ‘pacientitos’.
A diferencia de otras personas de su generación, Berta Suárez no sabe lo que es nostalgia. No le quedan hermanos con vida, solo ella, la menor. Pero nunca se pone triste por las pérdidas típicas de esa etapa.
“Aprovechó a la gente mientras estuvo con ella, fueron felices juntos. Hoy la felicidad de mi mami somos sus hijos, nietos y bisnietos”, dice Ross Mary Antelo.
La maestra ha recibido al menos una docena de distinciones, dos de ellas del Ministerio de Educación, es miembro de la Sociedad Cruceña de Escritores Germán Coímbra Sanz y de la Asociación Época de oro. Sin embargo, su logro mayor es que sus brazos son hogar, para propios y extraños.