Ximena Behoteguy no planeaba ser banquera. Su historia comenzó lejos de los balances, en la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz, donde avanzaba su tesis en Derecho Internacional. “Yo estaba haciendo mi tesis… promoviendo una legislación para refugiados en Bolivia”, recuerda. Fue en ese proceso cuando conoció FIE, una pequeña ONG en San Pedro que otorgaba microcréditos a personas excluidas del sistema financiero. Ese encuentro, más que técnico, fue decisivo: “Conozco el programa y me enamoro de ese programa”.
En los años 80 del siglo XX, el crédito era un privilegio inaccesible para la mayoría. Mujeres sin cédula, comerciantes informales o migrantes no tenían cabida en la banca. “Entrar a un banco era prohibido”, dice. FIE surgió como respuesta a esa exclusión, otorgando préstamos de apenas 500 dólares que, sin embargo, transformaban vidas. “Veía cómo las señoras volvían por otro crédito… cómo crecían sus actividades”, relata. Ese proceso no solo dinamizó economías familiares, sino que abrió caminos de movilidad social en sectores históricamente marginados.
Behoteguy no solo acompañó ese crecimiento, lo protagonizó. Dejó el Derecho y atravesó distintas áreas del banco —procesos, tecnología, planificación— hasta asumir su liderazgo. “Yo creo que dejé de ser abogada hace mucho tiempo”, afirma. Ese tránsito implicó romper su propia zona de confort y enfrentar dudas personales. “Decir ‘voy a poder’ también ha sido un proceso”, admite, reflejando un desafío común en muchas mujeres que acceden a espacios de decisión.
Uno de los momentos más determinantes fue la transformación de la ONG en banco. “No vamos a perder nuestra esencia ahora que vamos a ser banco”, fue la premisa. La formalización implicaba regulación, eficiencia y nuevas exigencias, pero también el riesgo de perder cercanía con la clientela. Sin embargo, ocurrió lo contrario: “La clientela se apropió del banco… decían ‘ya somos banco’”. Esa identidad compartida consolidó un modelo donde la confianza se convirtió en un activo central.
Hoy, Banco FIE combina ese origen social con resultados financieros sólidos: una rentabilidad cercana al 16% y una mora de apenas 2,5%, niveles que —incluso en comparación internacional— reflejan una gestión eficiente del riesgo. Pero el verdadero diferencial está en su estructura de liderazgo.
Fundado por mujeres, el banco mantiene una composición donde ellas ocupan espacios clave: el 80% del directorio y el 46% de la alta gerencia es personal femenino. “Está demostrado que una organización que viene de mujeres es más fácil que profundice ese modelo”, explica.
Ese liderazgo no es simbólico, sino operativo. “Al día tomo por lo menos 13 decisiones”, señala, mientras en distintos niveles del banco otras mujeres toman entre 25 y 30 decisiones diarias. A través del modelo Marca Magenta, la inclusión dejó de ser una práctica implícita para convertirse en política institucional, con impacto directo en la toma de decisiones, el acceso al crédito y la cultura organizacional.
El impacto se refleja en la clientela. Más del 50% son mujeres, muchas de ellas al frente de pequeños negocios. Pero el crédito, explica, no es el único objetivo. “Los excedentes van a la salud, a la educación, al bienestar del hogar”. Esa lógica transforma el financiamiento en una herramienta de desarrollo integral, donde la inclusión financiera se traduce en mejores condiciones de vida.
Ese vínculo directo con la base de la pirámide también explica la resiliencia del modelo. Durante la pandemia, el banco enfrentó uno de sus momentos más complejos. “Hemos resistido”, afirma. La cartera diferida llegó al 25%, pero hoy se ha reducido a niveles mínimos. La clave, según Behoteguy, está en la capacidad de adaptación de sus clientes: “Si el comercio se afecta, se reconvierten a servicios o producción”. Esa flexibilidad explica por qué las microfinanzas han demostrado mayor estabilidad frente a crisis económicas.
Sin embargo, el crecimiento no ha estado exento de riesgos. Uno de los más significativos fue el cambio del core bancario (la plataforma tecnológica que soporta las operaciones más críticas y básicas de un Banco en tiempo real). “Fue como cambiar el motor de un avión en pleno vuelo”, describe. Una decisión estratégica que implicó alta exposición, pero que permitió consolidar la expansión del banco. “Hoy lo pensaría dos veces”, reconoce, evidenciando la complejidad de liderar procesos de transformación.
En paralelo, su vida personal exigía un equilibrio permanente. Madre de dos hijos, con jornadas que pueden extenderse hasta 15 horas, Behoteguy enfrenta una doble exigencia social. “No es nada fácil”, admite.
La clave, dice, está en construir redes de apoyo y en priorizar momentos esenciales. “Hay cosas que no he delegado… estar en el médico, en la tarea”, afirma. Esa combinación le permitió sostener su rol familiar sin renunciar a su liderazgo.
Hoy, su mirada se proyecta hacia el futuro del país. Observa oportunidades en sectores como el agro y la minería, pero advierte que el crecimiento debe ser sostenible e inclusivo. “No podemos descuidar lo que hemos logrado desde las microfinanzas”, señala. Cuestiona, además, el uso simplista del término informalidad. “Yo sé cuánto venden, cuánto ganan… no son invisibles”, dice, reivindicando el rol económico de estos sectores.
En esa línea, el banco impulsa iniciativas que combinan productividad y sostenibilidad, como estaciones meteorológicas para pequeños productores o asesoramiento en prácticas ambientales. “Es el único planeta que tenemos”, resume, incorporando una visión de largo plazo en la gestión financiera.
Y cuando se le pregunta por el futuro personal, la respuesta rompe cualquier expectativa convencional. No habla de descanso ni de consultorías, tampoco de directorios internacionales. Su horizonte es otro, mucho más desafiante.
“Posiblemente me iría a hacer microfinanzas en Afganistán”, dice.
No es una frase al pasar. Es una declaración de principios. En ese país, donde las mujeres enfrentan una exclusión profunda de la vida económica y social, Behoteguy ve un terreno donde el crédito —ese mismo instrumento que transformó la vida de miles en Bolivia— aún puede abrir puertas.
“Creo que hay un trabajo ahí… para demostrar al mundo lo que las mujeres pueden hacer”, añade.
La idea no es casual. Es coherente con una trayectoria que comenzó acompañando a mujeres sin cédula de identidad y que hoy lidera uno de los bancos más sólidos del país. De San Pedro a Afganistán, el hilo conductor es el mismo: inclusión.
Porque, al final, su historia no es solo la de una ejecutiva que dirige un banco. Es la de una mujer que convirtió las finanzas en una herramienta de transformación social.
Y que, incluso cuando piense en cerrar un ciclo, seguirá buscando abrir otros. Allí donde el sistema aún no llega. Allí donde las mujeres todavía esperan su primera oportunidad.