Respiraba fuerte. Ella lo sentía. Lo vio y su mirada se perdió. Él no tuvo piedad. Como un trueno ingresó al cuerpo de Lupita Vargas y adentro de su ser la rasguñó. Una y otra vez. La niña gemía. De pronto se quebró como una pequeña pieza de cristal y cayó. El monstruo pensó que había ganado la batalla, pero se equivocó. Ella abrió los ojos y lo partió en dos con una luz resplandeciente. Él se quejó. Mucho. Se hizo más y más pequeño, pero no desapareció. No por el momento.
El quiebre
Una incomodidad en la rodilla izquierda no la dejó nunca. Así que tuvo que hacerse una biopsia. Era un 23 de octubre de 2017. Pasó un mes. El resultado le detuvo la respiración por un instante. Tenía osteosarcoma (cáncer óseo).
Hizo 20 quimioterapias. Pero todas fueron en vano. A fines de 2018 las garras de ese monstruo llegaron a tocar el pulmón. “Aquí no te vamos a poder curar”, le dijo el médico y unió: “Tenés que irte a otro lado”. La youtuber boliviana quería correr a los brazos de su mamá, que se había ido a España hace 18 años, pero no pudo. Ni con todas sus fuerzas se podía hacer realidad ese deseo. Fue ahí que comenzaron las campañas de cientos de manos solidarias.
La comparsa Mitakuñá, la presentadora de televisión Alexia Dabdoub y la empresaria peruana Angélica Huerta, del restaurante La Barra, pagaron el pasaje de Martha Araúz. Y así se dio el abrazo infinito entre ambas. Esa escena fue el mejor regalo de Navidad de las dos, madre e hija.
El averno
Innumerables fueron los ‘seres de luz’ que ayudaron a Lupita para que viajara a Brasil. Llegó a Barretos en San Pablo. Entró al Hospital de Amor. Cuatro horas duró la intervención. La cambita en apuros (como se la conoce en YouTube y otras redes sociales) despertó agitada y no paraba de llorar. No sabía el porqué. “Con mi portugués trucho le pregunté a la enfermedad si se había retirado el tumor de mi pulmón derecho”, relata. Pero esa mujer no le respondió. El médico le dio el no. Ese no fue un estruendo.
La masa había crecido en las paredes de su organismo. Y no quería salir. Cada vez más se acercaba a su costilla. Y llenaba de oscuridad el cuerpito de Lupita. Las quimioterapias llegaron de nuevo. Y un dolor le taladró la cabeza. Eso era todos los días. Una nueva revisión arrojó: metástasis. Y llegó otro golpe. Su pierna izquierda también le dolió. Otra vez su mundo se derrumbó. Y desde Brasil lanzó un video en YouTube.
En ese ‘clip’ les contó a sus seguidores toda la verdad. Y les prometió que no se dejaría vencer por ese monstruo diabólico. Pensó que era momento de volver a casa. “Podés irte, pero si se manifiesta un poco de dolor en tu cuerpo, no dejaré que te vayas”, le advirtió el doctor. Ella asintió. Ya en Bolivia se juntó con su madre.
La esperanza
Ayer Lupita recibió la Nochebuena en su casa del barrio 18 de noviembre (zona del canal Isuto). Comió cerdo y pollo al horno. Su mamá los preparó. Se sentó en la mesa con su mamá, sus hermanas Daniela (27) e Irene (20). Su papá, Hugo Vargas, detuvo el taxi y también se sentó a su lado. Con ellas la familia ‘gigante’ que tiene la instagrammer.
Hace 15 años una fibromialgia atacó a la señora Martha. Y nunca se fue. Convive con ella. Pero la fortaleza de su hija es contagiosa. Se prestaron 25.000 dólares y lograron recaudar un poco más de la mitad, pero aún falta más plata.
“El cáncer no sabe con quién se ha metido”, dice la chica, de 24 años. Y expresa su deseo de Navidad: “Quiero que los hospitales estén vacíos. Que no haya enfermos. Que no existan nunca más. Ya se lo pedí a Dios”.
Hace un tiempo pisó Guayaquil. Fue ahí para participar en un desfile. Caminó con sus muletas. Sus pies pisaron la playa. Miró hacia el mar y se sintió pequeña. Se acercó poco a poco a las olas y ahí depositó todas sus angustias. Después se alejó para verlas cómo el océano se las llevaba. Se encogió y en la arena blanca anotó: “Paz, amor y felicidad para todos”.